Sobre el
bien inalterable del Matrimonio y la Familia
Declaración
de la 99ª Asamblea Plenaria
de la Conferencia Episcopal Argentina
Al pueblo de Dios y a todos
los hombres y mujeres de buena voluntad.
1. Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la
verdad (cf. 1 Tm 2,4). Por eso estableció con el hombre un diálogo de
salvación, que culminó en el encuentro con Jesucristo, Señor nuestro y
compañero de camino. La Iglesia está llamada a extender este diálogo a la
convivencia humana. El diálogo para ser fecundo debe ser claro, afable,
sencillo y confiado. Todo esto lleva implícito el respeto a la persona que
vive, siente y piensa de un modo diferente. Todos estamos llamados al amor de
Dios. La claridad del diálogo exige un discernimiento en orden a reconocer la
verdad, sobre la cual los pastores no podemos callar. Esto no supone
menosprecio ni discriminación.
2. El ser humano ha sido creado a imagen de Dios. Esta imagen se refleja no
sólo en la persona individual, sino que se proyecta en la complementariedad y
reciprocidad del varón y la mujer, en la común dignidad, y en la unidad
indisoluble de los dos, llamada desde siempre matrimonio. El matrimonio es la
forma de vida en la que se realiza una comunión singular de personas, y ella
otorga sentido plenamente humano al ejercicio de la función sexual. A la
naturaleza misma del matrimonio pertenecen las cualidades mencionadas de
distinción, complementariedad y reciprocidad de los sexos, y la riqueza
admirable de su fecundidad. El matrimonio es un don de la creación. No hay una
realidad análoga que se le pueda igualar. No es una unión cualquiera entre
personas; tiene características propias e irrenunciables, que hacen del
matrimonio la base de la familia y de la sociedad. Así fue reconocido en las
grandes culturas del mundo. Así lo reconocen los tratados internacionales
asumidos en nuestra Constitución Nacional (cf. art. 75, inc. 22). Así lo ha
entendido siempre nuestro pueblo.
3. Corresponde a la autoridad pública tutelar el matrimonio entre el varón y la
mujer con la protección de las leyes, para asegurar y favorecer su función
irreemplazable y su contribución al bien común de la sociedad. Si se
otorgase un reconocimiento legal a la unión entre personas del mismo
sexo, o se las pusiera en un plano jurídico análogo al del matrimonio y la
familia, el Estado actuaría erróneamente y entraría en contradicción con sus
propios deberes al alterar los principios de la ley natural y del ordenamiento
público de la sociedad argentina.
4. La unión de personas del mismo sexo carece de los elementos biológicos y
antropológicos propios del matrimonio y de la familia. Está ausente de ella la
dimensión conyugal y la apertura a la transmisión de la vida. En cambio, el
matrimonio y la familia que se funda en él, es el hogar de las nuevas
generaciones humanas. Desde su concepción, los niños tienen derecho inalienable
a desarrollarse en el seno de sus madres, a nacer y crecer en el ámbito natural
del matrimonio. En la vida familiar y en la relación con su padre y su madre,
los niños descubren su propia identidad y alcanzan la autonomía personal.
5. Constatar una diferencia real no es discriminar. La naturaleza no discrimina
cuando nos hace varón o mujer. Nuestro Código Civil no discrimina cuando exige
el requisito de ser varón y mujer para contraer matrimonio; sólo reconoce una
realidad natural. Las situaciones jurídicas de interés recíproco entre personas
del mismo sexo pueden ser suficientemente tuteladas por el derecho común. Por
consiguiente, sería una discriminación injusta contra el matrimonio y la
familia otorgar al hecho privado de la unión entre personas del mismo sexo un
estatuto de derecho público.
6. Apelamos a la conciencia de nuestros legisladores para que, al decidir sobre
una cuestión de tanta gravedad, tengan en cuenta estas verdades fundamentales,
para el bien de la Patria y de sus futuras generaciones.
7. En este clima pascual, y al iniciar el sexenio 2010-2016 del Bicentenario de
la Patria, exhortamos a nuestros fieles a orar intensamente a Dios Nuestro
Señor para que ilumine a nuestros gobernantes y especialmente a los
legisladores. Les pedimos también que no vacilen en expresarse en la defensa y
promoción de los grandes valores que forjaron nuestra nacionalidad y
constituyen la esperanza de la Patria.
99ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina
Pilar,
El Cenáculo, 20 de abril de 2010