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S I D |
Servicio Informativo Diocesano |
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276 |
4-Feb-2010 |
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MENSAJE DEL SANTO PADRE «
La justicia de Dios se ha manifestado Queridos hermanos y hermanas: Cada año, con ocasión de la Cuaresma, la Iglesia nos
invita a una sincera revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas
evangélicas. Este año quiero proponeros algunas reflexiones sobre el vasto
tema de la justicia, partiendo de la afirmación paulina: «La justicia de Dios
se ha manifestado por la fe en Jesucristo» (cf. Rm
3,21-22). Justicia: “dare cuique suum” Me detengo, en primer lugar, en el significado de la
palabra “justicia”, que en el lenguaje común implica “dar a cada uno lo suyo”
- “dare cuique suum”, según la famosa expresión de Ulpiano, un jurista romano del siglo III. Sin embargo,
esta clásica definición no aclara en realidad en qué consiste “lo suyo” que
hay que asegurar a cada uno. Aquello de lo que el hombre tiene más necesidad
no se le puede garantizar por ley. Para gozar de una existencia en plenitud,
necesita algo más íntimo que se le puede conceder sólo gratuitamente:
podríamos decir que el hombre vive del amor que sólo Dios, que lo ha creado a
su imagen y semejanza, puede comunicarle. Los bienes materiales ciertamente
son útiles y necesarios (es más, Jesús mismo se preocupó de curar a los
enfermos, de dar de comer a la multitud que lo seguía y sin duda condena la
indiferencia que también hoy provoca la muerte de centenares de millones de
seres humanos por falta de alimentos, de agua y de medicinas), pero la
justicia “distributiva” no proporciona al ser humano todo “lo suyo” que le
corresponde. Este, además del pan y más que el pan, necesita a Dios. Observa
san Agustín: si “la justicia es la virtud que distribuye a cada uno lo
suyo... no es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero Dios” (De
Civitate Dei, XIX, 21). ¿De dónde viene la injusticia? El evangelista Marcos refiere las siguientes palabras de
Jesús, que se sitúan en el debate de aquel tiempo sobre lo que es puro y lo
que es impuro: “Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda
contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al
hombre... Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque
de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas” (Mc
7,15. 20-21). Más allá de la cuestión inmediata relativa a los alimentos,
podemos ver en la reacción de los fariseos una tentación permanente del
hombre: la de identificar el origen del mal en una causa exterior. Muchas de
las ideologías modernas tienen, si nos fijamos bien, este presupuesto: dado
que la injusticia viene “de fuera”, para que reine la justicia es suficiente
con eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta
manera de pensar ―advierte Jesús― es ingenua y miope. La
injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su
origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa
convivencia con el mal. Lo reconoce amargamente el salmista: “Mira, en la
culpa nací, pecador me concibió mi madre” (Sal 51,7). Sí, el hombre es
frágil a causa de un impulso profundo, que lo mortifica en la capacidad de
entrar en comunión con el prójimo. Abierto por naturaleza al libre flujo del
compartir, siente dentro de sí una extraña fuerza de gravedad que lo lleva a
replegarse en sí mismo, a imponerse por encima de los demás y contra ellos:
es el egoísmo, consecuencia de la culpa original. Adán y Eva, seducidos por
la mentira de Satanás, aferrando el misterioso fruto en contra del
mandamiento divino, sustituyeron la lógica del confiar en el Amor por la de
la sospecha y la competición; la lógica del recibir, del esperar confiado los
dones del Otro, por la lógica ansiosa del aferrar y del actuar por su cuenta
(cf. Gn 3,1-6), experimentando como
resultado un sentimiento de inquietud y de incertidumbre. ¿Cómo puede el
hombre librarse de este impulso egoísta y abrirse al amor? Justicia y Sedaqad En el corazón de la sabiduría de Israel encontramos un
vínculo profundo entre la fe en el Dios que “levanta del polvo al desvalido”
(Sal 113,7) y la justicia para con el prójimo. Lo expresa bien la
misma palabra que en hebreo indica la virtud de la justicia: sedaqad,. En efecto, sedaqad significa, por una parte, aceptación plena
de la voluntad del Dios de Israel; por otra, equidad con el prójimo (cf. Ex
20,12-17), en especial con el pobre, el forastero, el huérfano y la viuda
(cf. Dt 10,18-19). Pero los dos significados
están relacionados, porque dar al pobre, para el israelita, no es otra cosa
que dar a Dios, que se ha apiadado de la miseria de su pueblo, lo que le
debe. No es casualidad que el don de las tablas de la Ley a Moisés, en el
monte Sinaí, suceda después del paso del Mar Rojo. Es decir, escuchar la Ley
presupone la fe en el Dios que ha sido el primero en “escuchar el clamor” de
su pueblo y “ha bajado para librarle de la mano de los egipcios” (cf. Ex
3,8). Dios está atento al grito del desdichado y como respuesta pide que se
le escuche: pide justicia con el pobre (cf. Si 4,4-5.8-9), el
forastero (cf. Ex 20,22), el esclavo (cf. Dt
15,12-18). Por lo tanto, para entrar en la justicia es necesario salir de esa
ilusión de autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen
de nuestra injusticia. En otras palabras, es necesario un “éxodo” más
profundo que el que Dios obró con Moisés, una liberación del corazón, que la
palabra de la Ley, por sí sola, no tiene el poder de realizar. ¿Existe, pues,
esperanza de justicia para el hombre? Cristo, justicia de Dios El anuncio cristiano responde positivamente a la sed de
justicia del hombre, como afirma el Apóstol Pablo en la Carta a los
Romanos: “Ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha
manifestado... por la fe en Jesucristo, para todos los que creen, pues no hay
diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son
justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en
Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su
propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia (Rm
3,21-25). ¿Cuál es, pues, la justicia de Cristo? Es, ante todo, la
justicia que viene de la gracia, donde no es el hombre que repara, se cura a
sí mismo y a los demás. El hecho de que la “propiciación” tenga lugar en la
“sangre” de Jesús significa que no son los sacrificios del hombre los que le
libran del peso de las culpas, sino el gesto del amor de Dios que se abre
hasta el extremo, hasta aceptar en sí mismo la “maldición” que corresponde al
hombre, a fin de transmitirle en cambio la “bendición” que corresponde a Dios
(cf. Ga 3,13-14). Pero esto suscita en seguida una objeción: ¿qué
justicia existe dónde el justo muere en lugar del culpable y el culpable
recibe en cambio la bendición que corresponde al justo? Cada uno no recibe de
este modo lo contrario de “lo suyo”? En realidad,
aquí se manifiesta la justicia divina, profundamente distinta de la humana.
Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio
verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se
puede rebelar, porque pone de manifiesto que el
hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente
él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente
esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la
propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón
y de su amistad. Se entiende, entonces, como la fe no es un hecho natural,
cómodo, obvio: hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que
me libere de lo “mío”, para darme gratuitamente lo “suyo”. Esto sucede
especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias
a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia “más grande”,
que es la del amor (cf. Rm 13,8-10), la
justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más deudor que
acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar. Precisamente por la fuerza de esta experiencia, el
cristiano se ve impulsado a contribuir a la formación de sociedades justas,
donde todos reciban lo necesario para vivir según su propia dignidad de
hombres y donde la justicia sea vivificada por el amor. Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma culmina en el
Triduo Pascual, en el que este año volveremos a celebrar la justicia divina,
que es plenitud de caridad, de don y de salvación. Que este tiempo
penitencial sea para todos los cristianos un tiempo de auténtica conversión y
de intenso conocimiento del misterio de Cristo, que vino para cumplir toda
justicia. Con estos sentimientos, os imparto a todos de corazón la bendición
apostólica. Vaticano, 30 de octubre de 2009 BENEDICTUS
PP. XVI ©
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Redacción: Sra. Ana María Brandolini de
Deza Pbro. Lic. Marcelo Gabriel Panebianco Delegado Episcopal para las Comunicaciones (0223) 156 817 057
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