El miércoles 17 de febrero tendrá lugar la tradicional celebración con la que se inicia la Cuaresma. El Miércoles de Ceniza somos invitados a realizar un gesto de profunda humildad.
Nos acercamos en silencio al ministro en la Iglesia, quien nos impone las cenizas sobre nuestras cabezas llamándonos a reconocer nuestra fragilidad y pequeñez. Lejos de ser un gesto humillante, el rito encierra un profundo significado: reconocer nuestra fragilidad y pequeñez ante Dios nos permite disponernos para recibir el abrazo inconmensurable de su infinito amor.
Este gesto de humildad ante Dios ha de constituir, también, una ocasión favorable para renovar la humildad ante nuestros familiares, amigos y ante el prójimo. La humildad es la tierra fértil donde puede crecer el amor verdadero.
El comienzo del tiempo de Cuaresma es una invitación a recorrer con Jesús un itinerario de profunda renovación humana y creyente. Es el tiempo para reinterpretar nuestros dolores y nuestras crisis, es la ocasión favorable para descubrir un nuevo sentido en este tiempo difícil de pandemia que estamos viviendo, es la oportunidad para reorientar nuestro rumbo existencial, vincular, laboral, etc.
La Cuaresma ha de ser vivida con actitud de mayor silencio y recogimiento, salir de aquello que nos aturde o nos ata y, así, disponeros para la gran alegría de la Pascua. El sentido profundo de la Cuaresma está en la Pascua, en la que cantamos con alegría la victoria de Cristo que, ofreciendo su vida por nosotros, nos rescata y abre el camino de la plenitud.
La Cuaresma es el camino de preparación para la Pascua que nos permite unirnos de corazón al grito jubiloso de los cristianos: “Resucitó Cristo, mi esperanza”. Su victoria sobre el pecado y sobre la muerte hacen fecundos nuestros sacrificios y sufrimientos y nos permiten levantar el corazón y la mirada para asumir con valentía los desafíos que la vida y el tiempo presente nos ofrecen.






