Presidida por el Vicario General Pbro. Luis Albóniga, se realizó hoy una celebración religiosa de Acción de Gracias por el Concilio Vaticano II en la Iglesia Catedral. «El Concilio significó “el” acontecimiento de la Iglesia, cuyas “ondas expansivas” siguen atravesando la historia y nos interpelan también hoy», dijo el padre Luis.

En su homilía de la Misa celebrada hoy por el padre Luis dijo: Conmemoramos hoy el 60º aniversario de la inauguración del Concilio Vaticano II. Recordemos las palabras del Papa san Juan XXIII pronunciadas el 11 de octubre de 1962: “Hoy la santa Madre Iglesia se regocija, porque, en virtud de un regalo especial de la providencia divina, ha alboreado el día tan deseado en que el Concilio Ecuménico Vaticano II se inaugura solemnemente”.

Hace 60 años, en el corazón del siglo XX, el Concilio significó “el” acontecimiento de la Iglesia, cuyas “ondas expansivas” siguen atravesando la historia y nos interpelan también hoy. San Juan Pablo II dijo que el Concilio ha sido la gran brújula para guiar a la Iglesia en el océano inmenso del siglo XXI.

Así como las personas necesitamos volver a descubrirnos a la luz de nuestra vocación fundamental y reorientar nuestros pasos para ser más fieles al llamado que hemos recibido; también la Iglesia hizo en el Concilio un ejercicio de contemplación de sí misma a la luz de la vocación recibida de su Maestro y Señor y se redescubrió en el corazón del mundo contemporáneo con un nuevo desafío relacional y misionero, como sacramento universal de salvación. La dinámica propia de la encarnación redentora animó al Papa Bueno y a los padres conciliares a llevar el mundo al corazón de la Iglesia y a pedir al Espíritu Santo, la gracia de renovar su misión de ser significativa y elocuente para los hombres y mujeres de su tiempo, verdadera transparencia de Cristo Salvador.

Nuestro primer obispo, Mons. Enrique Rau, decía en aquellos tiempos: “El Concilio es, al mismo tiempo, clamor del mundo y voz de Dios. Bastará recordar, uno por uno, a los veinte anteriores. Ese doble aspecto de los Concilios Ecuménicos demuestra que la Iglesia, por una parte, vive y actúa en la historia como organismo visible hecha para el tiempo, y presente a todas sus vicisitudes y problemas, pero, por otra, es el Reino invisible, espiritual, de Dios, tendido hacia la Patria del cielo, hacia la eternidad. Los Concilios son una revelación progresiva del misterio de la Iglesia, como objeto de Fe y como hecho histórico”.

Recordemos, en este sentido, las palabras que abren la Constitución Pastoral Gaudium et Spes: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. No hay nada verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón”; y más adelante prosigue: “La Iglesia, por ello, se siente íntima y realmente solidaria del genero humano y su historia”.

Estas palabras expresan elocuentemente la “empatía evangélica” con que el Espíritu hizo vibrar a la Asamblea Conciliar, permitiéndole redescubrir la grandeza y belleza de la Iglesia; así como su pequeñez y su fragilidad. La contemplación de sí misma no la impulsó a la autorreferencialidad sino a una nueva conciencia de su misión y su servicio específico.

Hoy a 60 años del inicio del Concilio hacemos memoria con gratitud de este don concedido por el Espíritu a la Iglesia y también nos preguntamos por la recepción de la enseñanza conciliar. Los últimos papas han insistido constantemente sobre la importancia de los mismos, han aportado a su adecuada interpretación y han tratado, cada uno, en su contexto particular de hacerse eco de su enseñanza. Lo mismo podemos decir de nuestra diócesis. Los obispos diocesanos han recordado el concilio y han ejercido su ministerio bajo su luz. En particular, podemos repasar las cartas pastarles de nuestro padre obispo tiene referencias a la riqueza, profundidad y necesidad del Concilio Vaticano II.

Unidos al Papa Francisco, pidamos al Señor para que el don del Concilio sea acogido con renovada fidelidad y audacia para que renueve el impulso renovador y misionero de la Iglesia de nuestro tiempo.