«Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto…»

Comenzamos la cuaresma, tiempo de penitencia y conversión. Jesús es «llevado», conducido, guiado por el Espíritu Santo al desierto, estuvo allí durante cuarenta días (cuaresma) hizo ayuno y fue tentado por el demonio. La humanidad de Jesús padece y siente las mismas necesidades que cualquier hombre, tiene hambre y sufre las tentaciones. Siguiendo el ejemplo de Jesús la Iglesia nos invita a entrar en esta cuaresma con un espíritu de penitencia y purificación, a luchar contra las tentaciones del diablo, fortaleciendo nuestro espíritu a través de la penitencia, la oración y las obras de caridad.

¿Qué sentido tiene hacer penitencia? La privación de alimentos tiene por objetivo hacernos más sensibles a las realidades espirituales, a lo que pasa por nuestro corazón. El ayuno no es sólo de alimentos sino de todo aquello que más fácilmente nos desordenamos: los gastos superfluos, la tendencia a la comodidad y a la pereza, los vicios. El fruto de nuestras privaciones debe conducirnos a una mayor solidaridad, el ayuno agradable a Dios consiste en atender solícitamente las necesidades de nuestros hermanos más necesitados. Junto con el ayuno y la caridad elevamos nuestra oración a Dios, meditando la Palabra, orando con el Santo Rosario, haciendo visitas al Santísimo, arrepintiéndonos de nuestros pecados, comulgando con más frecuencia.

Las prácticas cuaresmales no tendrían ningún significado sino están acompañadas con un fuerte deseo de conversión o cambio profundo en nuestras vidas. Corremos el riesgo de convertir las prácticas cuaresmales en simple formalidad: no comer carne, ayunar, dejar unos centavos de más, etc. Una religión vivida con simples actos piadosos no lleva a ninguna transformación o cambio de actitud. Dios espera de nosotros, los cristianos, personas nuevas, simples, abiertas, generosas. Que tengan odio al mal y pasión por la justicia, que sean pobres de corazón, compasivas, pacíficas, sabias y no ingenuas. El camino cuaresmal concluye con la Resurrección de Jesús, hacia allá caminamos en esperanza, deseando ardientemente un día llegar a la Casa del Padre, transformados a imagen de Jesús, nuestro Salvador y Mesías.

La primera y segunda lectura nos enseñan que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia, es decir: el pecado original consistió en la desobediencia a la Palabra de Dios, no respetando los límites de la naturaleza humana («serán como dioses», dice el tentador). Pero Dios se compadece del hombre y gracias a la obediencia del Hijo de Dios es derrotado el enemigo de la naturaleza humana. La gracia de la Pascua (y de la cuaresma) es precisamente ésta: muertos al pecado para vivir como hijos de Dios.

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