«Yo soy la Resurrección y la Vida».
«Cuando abra sus tumbas y los haga salir…sabrán que yo soy el Señor», nos dice el profeta Ezequiel en la primera lectura, anticipando ya la resurrección de los muertos, la clave de nuestra fe cristiana.
Jesús al resucitar a su amigo Lázaro nos enseña que si creemos en Él resucitaremos un día y viviremos en su presencia para siempre.
Él mismo es la Resurrección y la Vida, vino al mundo para devolvernos lo que el pecado original nos había privado: la vida inmortal. Este domingo concluye la gran catequesis bautismal de este ciclo litúrgico, si recordamos en los último domingos se nos presentaron dos signos fundamentales del bautismo: el agua y la luz.
Hoy nos toca contemplar la Vida que nos trae nuestro Redentor, esa vida sobrenatural se nos concede en el bautismo, transformando nuestra naturaleza humana y participando de la vida divina que sólo Dios puede concedernos.
En el bautismo se nos concede participar del Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos, el Espíritu Santo, Señor y dador de vida.
San Pablo, en la carta a los Romanos, nos enseña que si bien nuestros cuerpos mortales experimentarán la muerte, si poseemos el Espíritu que resucitó a Jesús, «el que resucitó a Cristo Jesús, también dará vida a sus cuerpos mortales».
Creer en la resurrección y en la vida eterna no es sólo una afirmación intelectual, es la Verdad más grande que nos reveló Dios.
No podemos afirmar que creemos en la vida eterna sino nos transformamos en personas nuevas, la resurrección es un principio vital, una semilla de inmortalidad que comienza a crecer en esta vida y alcanzará su plenitud más allá de la muerte.
Aquellos que creemos en la resurrección y en la vida debemos plantearnos muy en serio lo qué significa trabajar por la vida y defenderla, agradeciendo este don inmenso de la existencia, aconsejando y dando fuerzas a aquellos que se sienten abandonados y deprimidos, a los que no encuentran un sentido para vivir.
La resurrección de Lázaro es un anticipo de nuestra existencia bautismal: muertos al pecado y vivos para Dios.
Este milagro de Jesús nos muestra la capacidad de compadecerse de nuestro Dios y Señor: siente dolor por su amigo muerto, llora compadeciéndose de Marta y María, invita a ambas a creer y a esperar.
Lázaro saliendo de la tumba, atado y amordazado, es liberado de esas ataduras por la palabra poderosa del Señor.
La vida cristiana es un irse liberando de todo aquello que nos impide convertirnos en verdad discípulos de Jesús, liberados del pecado e invitados a vivir en la libertad del amor y de la verdad, dejando atrás las tumbas vacías de la decepción y del dolor sin esperanza.
Reconociendo nuestra vocación bautismal renovemos nuestra fe y apostemos una vez más a la esperanza de la vida eterna.

Descargá la homilía acá: https://drive.google.com/file/d/14gAFcVS_BN35mZBOoMmDZjLJmj0eCjIj/view?usp=sharing






