¡Feliz Pascua de Resurrección!

Esta Vigilia Pascual es de las más antiguas que se celebran en nuestra Iglesia, así llamada Madre de todas las Vigilias. Porque, reuniéndonos en la Iglesia Catedral y en todos los templos donde los cristianos esta noche se reúnen, celebramos la Pascua del Señor. Celebramos también la luz en medio de las tinieblas.

Comenzamos de noche encendiendo el fuego nuevo, bendiciendo ese fuego y así encendemos el cirio pascual. Hemos compartido la luz, nos hemos pasado la velita unos a otros. Compartir la luz también es compartir nuestra vida cristiana. Jesús es la luz del mundo y la luz brilla en las tinieblas.

Escuchamos la Palabra de Dios en las lecturas que hemos leído del Antiguo y del Nuevo Testamento. Hemos recorrido la historia de salvación desde el comienzo de la creación hasta las últimas palabras de Jesús en el Evangelio que dirige a las mujeres: “Alégrense”. La alegría es el proyecto de Dios para nosotros, la alegría profunda de sentirnos salvados. Podemos alegrarnos de muchas cosas, pero estar salvados es una alegría que sólo Dios nos puede regalar.

Bendeciremos el agua, que nos recuerda a nuestro bautismo: el agua de vida que nos borra el pecado original y nos hace nuevas criaturas. Renovaremos las promesas que hicimos en el bautismo, o que hicieron nuestros padres y padrinos, y volvemos a hacerlas en la confirmación, que son una renuncia al mal en todas sus formas y un acto de fe en todo lo que creemos y estamos llamados a vivir. Hay un no y un sí, una renuncia y un compromiso. No tengamos miedo: vivamos nuestra fe con todas nuestras fuerzas.

Quiero citar al Papa Francisco. Vamos a recordar dentro de poco su primer aniversario de haber partido. Y él nos decía: ¿qué cosa quiere decir ser cristianos? Quiere decir mirar a la luz. Continuar a hacer la profesión de fe en la luz, incluso cuando el mundo está envuelto por las noches y las tinieblas. Los cristianos no están eximidos de las tinieblas, externas y también internas. No viven fuera del mundo, pero por la gracia de Cristo, recibida en el bautismo, son hombres y mujeres orientados. No creen en la oscuridad, sino en el resplandecer del día. No sucumben en la noche, sino que esperan la aurora. No son derrotados por la muerte, sino que anhelan resucitar. No son doblegados por el mal, porque confían siempre en las infinitas posibilidades del bien.

Y esta es nuestra esperanza cristiana: la luz de Jesús, la salvación que nos trae Jesús, que nos salva con su luz y nos salva de las tinieblas.

En el Evangelio de esta Vigilia contemplamos la madrugada de la Resurrección. Las mujeres, sin temor a los guardias, a la situación o a la piedra que sella el sepulcro, van a visitar la tumba de Jesús. Van a llorar también, lo van a ungir si pueden entrar a la tumba. Son sorprendidas por el ángel del Señor, que con la fuerza de la vida y de la luz hace rodar la piedra y atemoriza a los guardias. Las mujeres reciben el anuncio que escuchamos esta noche: “No está aquí, no lo busquen entre los muertos. Ha resucitado”.

Ellas, llenas de alegría y a la vez atemorizadas, van corriendo a dar la buena noticia a los discípulos y se encuentran con Jesús, con el mismo Jesús que les dice las palabras quizás más lindas de nuestra fe cristiana: “Alégrense”. Ellas son las primeras apóstoles de la Resurrección, así como María fue la primera en recibir el anuncio de la encarnación del Salvador.

Escuchemos al Papa León XIV, que hace unas horas, en la Basílica de San Pedro, celebró su primera Vigilia Pascual como Papa de nuestra Iglesia. Nos dice: “Hermanas y hermanos, tampoco faltan en nuestros días sepulcros que abrir, y a menudo las piedras que los cierran son tan pesadas y están tan bien vigiladas que parecen inamovibles. Algunas oprimen el corazón del hombre, como la desconfianza, el miedo, el egoísmo, el rencor. Otras, consecuencia de las primeras, rompen los lazos entre nosotros, como la guerra, la injusticia, el aislamiento entre pueblos y naciones. No dejemos que nos paralicen”.

Muchos hombres y mujeres, a lo largo de los siglos, con la ayuda de Dios, las han removido, quizá con mucho esfuerzo, a veces a costa de la vida, pero con frutos de bien de los que aún hoy nos beneficiamos. No son personas inalcanzables, sino personas como nosotros, que, fortalecidas por la gracia del Resucitado en la caridad y en la verdad, tuvieron el valor de hablar —como dice el apóstol Pedro— con palabras de Dios y de actuar como quien recibe de Dios ese poder, para que Dios sea glorificado en todas las cosas.

Los santos, las santas, los beatos, son seres de luz porque ya están con la Luz y también nos iluminan con su ejemplo, sus escritos, su testimonio. Nos iluminan el beato Pironio, Santa Mama Antula, el cura Brochero, y podemos hacer la letanía que vamos a rezar ahora, antes de bendecir el agua: la intercesión de los santos nos anima a seguir caminando juntos.

Concluimos con las palabras del Papa León: dejémonos inspirar por su ejemplo y, en esta noche santa, hagamos nuestro su compromiso, para que en todas partes y siempre, en el mundo, crezcan y florezcan los dones pascuales de la concordia y de la paz.

Que así sea.