Nos hemos reunido en nuestra Catedral a las tres de la tarde. Es el horario en que Jesús entregó su Espíritu, y ha quedado ya este horario como el de la Divina Misericordia, porque en la muerte de Jesús se revela la misericordia del Padre.

Ese Padre bueno del cielo, el Padre nuestro, que no nos dejó abandonados a nuestra suerte después de la desobediencia primera, sino que fue buscando a sus criaturas de diversos modos para que se reunieran como un rebaño; y para ello envió al Buen Pastor, a su Hijo, que dejando el seno de la Trinidad desciende al seno purísimo de María, se hace carne en el fruto bendito de la Virgen y va gestando así, desde nuestra humanidad, la salvación como hijos e hijas de Dios.

La muerte de Jesús nos devuelve la filiación divina. Somos hijos e hijas amados por Dios. Esto es algo que nunca debemos olvidar, aun cuando nos sentimos identificados con algún pasaje de la Pasión. Cuando escuchamos la Pasión no lo hacemos como oyentes sentados en una butaca viendo una película, sino que somos parte de esta historia; somos parte de esa cruz que Jesús llevó, porque nosotros también debemos llevar nuestra cruz.

Esta Iglesia pascual —como le gustaba decir y reflexionar a nuestro beato, el cardenal Pironio— es una Iglesia que brota del misterio de la Pascua: de ese Cristo crucificado, del cual brotan sangre y agua; ya no la sangre de un animal, que podía eximir de un castigo, sino la sangre del Redentor que bebemos y comemos en la Eucaristía.

María es nuestra Madre. Esas palabras de Jesús: “Mujer, aquí tienes a tu hijo; hijo, aquí tienes a tu Madre”. Damos gracias: tenemos aquí, en la Catedral, la imagen de la Virgen de la Reconciliación.

Damos gracias a María porque su Hijo nos ha redimido, nos ha salvado, nos ha reconciliado y nos ha dado la vida eterna. Vamos a celebrar, en esta Vigilia Pascual y en esta Pascua, su resurrección.

Que así sea