Las Bienaventuranzas constituyen las enseñanzas fundamentales de Jesús, son como la síntesis de lo que un cristiano está llamado a vivir. De hecho Jesús es el hombre bienaventurado, toda su vida es un reflejo de lo que las Bienaventuranzas dicen.
Jesús anuncia estas «felicidades» al comienzo de su predicación y resumen toda la enseñanza del Evangelio.
El hombre busca la felicidad, es su vocación original, a veces descubre felicidades que son de este mundo, con un premio
acotado a las expectativas humanas. Jesús revela que existe otra bienaventuranza, otro camino hacia una felicidad distinta.
Para comprender el espíritu de las bienaventuranzas hay que tener una gran dosis de humildad.
El profeta Sofonías, en la primera lectura, invita a buscar al Señor «ustedes los humildes de la tierra…busquen la justicia, busquen la humildad».
En toda la Biblia los humildes aparecen como los amigos de Dios, las personas que cumplen los preceptos del Señor, son aquellos que se dejan gobernar por Dios, reconocen su infinita presencia y su absoluto poder.
Los soberbios, en cambio, perecen, quedan asfixiados en sus mezquinos intereses, aunque tengan fortuna y poder sobre los
demás, sus obras son infecundas, sus mentes están torcidas y el destino que les espera está conforme a la cerrazón y oscuridad de sus actos.
Ser bienaventurado de acuerdo al Evangelio tiene algunas condiciones. La primera y fundamental es «tener alma de pobres» , no sólo ser pobre material, sino tener un espíritu que ame la pobreza y la humildad, «los ricos» no son sólo los que tienen bienes materiales, sino los que fundan sus vidas prescindiendo del señorío de Dios.
Las otras condiciones surgen de esta actitud fundamental. El que es pobre de corazón será paciente, sabrá dar sentido a sus aflicciones, trabajará por la paz y la justicia, practicará la misericordia, podrá ver a Dios con un corazón puro y transparente, será perseguido, insultado, dejado de lado, ya sea por practicar la justicia, como por ser un cristiano comprometido de verdad.
Aparentemente el camino de felicidad trazado por Jesús conduce al «fracaso» , no son los bienaventurados del Evangelio los que triunfan en este mundo, ni los poderosos de turno, ni los que salen en las revistas haciendo alarde de lo que tienen y son. Pero ese fracaso aparente se transformará en vida para siempre.
Los que confían en el Señor recibirán un premio que excede los éxitos y glorias de este mundo, no sólo recibirán el reino de Dios como herencia, sino que sus vidas serán ejemplo para los que vienen detrás, mostrando una razón válida para vivir, miremos sino la vida de un San Francisco de Asís, o de un San Ignacio de Loyola, o de una Madre Teresa de Calcuta, ellos son y serán los testigos más elocuentes de las Bienaventuranza.
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