En el sermón de la montaña Jesús emplea ejemplos muy simples para explicar realidades muy profundas.

La sal sirve para condimentar y se usaba, antiguamente, para preservar los alimentos; estas dos características son aplicadas al cristiano, conservar el sabor y evitar el «mal estado» espiritual.

El cristiano debe «condimentar» su vida y la vida de los demás, hacer las cosas con «gusto» , es decir, saborear la vida con alegría, con fe, con esperanza; poner a cada palabra un gesto de simpleza, practicar más la sencillez y simplicidad espiritual.

Perder el sabor es acostumbrarse a la rutina sin descubrir la novedad de cada día, vivir de una manera insípida, superficial, hoy decimos «light».

La otra comparación es la luz; nadie enciende una luz para ocultarla, existe una luz interior que debe brillar, el cristiano está invitado a dejarse iluminar y ser luz para los demás.

La luz del cristiano son sus buenas obras, no sólo para practicarlas dentro de la Iglesia, sino en medio de la ciudad, para que otros las vean y «glorifiquen al Padre que está en el Cielo».

¿Qué obras se deben practicar? El profeta Isaías las dice claramente: «Compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne» . La luz se enciende cuando se practica la caridad, se apaga cuando dejamos de amar.

Las obras de caridad ayudan a «cicatrizar» las propias heridas ocasionadas por el pecado, como dirá San Pablo: la caridad cubre la multitud de los pecados.

Las obras de caridad abren las puertas del Cielo, el mismo Dios nos dirá: «¡Aquí estoy!» . Para el profeta las obras de caridad y de justicia agrandan la luz que cada uno de nosotros tiene en su interior: «Si eliminas de ti todos los yugos, el gesto amenazador y la palabra maligna; si ofreces tu pan al hambriento y sacias al que vive en la penuria, tu luz se alzará en las
tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía».

San Pablo, en la segunda lectura, abre su corazón a los Corintios y les confiesa que anunció a Jesucristo sin ninguna sabiduría humana sino únicamente basado en la el poder de Dios.

Para Pablo ser sal y ser luz no se logra con la simple fuerza humana, sino dejando obrar al Espíritu de Dios. La sal sin la ayuda de la gracia se convierte en algo insípido que no sirve para nada y es tirada al camino.

La luz sin la ayuda de lo alto se transforma en una lámpara de neón, de esas que brillan en la ciudad pero no iluminan el corazón de los hombres.

Una cosa es brillar otra muy distinta alumbrar, para brillar el mundo nos ofrece la fama y el poder, para alumbrar hace falta humildad y permitir que la luz de la fe nos ilumine. Dios no necesita reflectores, para descubrir su presencia basta una simple velita.

Mons. Ernesto Giobando s.j.
Obispo de la Diócesis de Mar del Plata