«El manantial que brotará hasta la vida eterna»

En las regiones desérticas el agua es un elemento precioso, para conseguirla hay que caminar mucho, se puede dejar de comer por varios días pero no se puede prescindir del agua, donde hay agua hay vida, allí crecen los árboles y beben los rebaños. En la primera lectura Moisés con su bastón golpea la piedra en el desierto brotando de ella agua para que pueda beber el pueblo sediento.

Los pozos de agua eran en la antigüedad lugar de encuentro y a la vez de descanso. Jesús llega al pozo de Jacob, en Samaría, y se encuentra allí con una mujer que va en búsqueda de agua, comenzando uno de los diálogos más bellos del Evangelio de Juan.

Los judíos y los samaritanos estaban peleados desde hacía siglos, ambos luchaban por la hegemonía política y religiosa. Le sorprende a la mujer que Jesús le pidiera de beber, mucho más sorprendida queda cuando ese hombre fatigado y sediento le dice que le dará una agua viva, por la cual ya no tendrá más sed.

El Evangelio de Juan es muy rico en símbolos, vale más un signo que muchas palabras. El «agua viva» es el mismo don de Dios: «si conocieres el don de Dios y quien es el que te pide: dame de beber…». Conocer a Jesús es el don más maravilloso que podemos tener, ya que por medio de Jesús nos ha venido la redención y el perdón de los pecados. Él mismo, como un manantial de aguas cristalinas y puras, nos abre su Corazón del cual brota «sangre y agua», símbolos de la Eucaristía y del Bautismo.

​Esta mujer samaritana representa a toda la humanidad, ella estuvo casada con muchos maridos y el que tiene ahora no es su marido, para la Biblia el adulterio es símbolo de infidelidad a Dios, haber tenido muchos maridos significa haber adorado a otros dioses e ídolos, renegando de la fe en Dios.

La humanidad alejada del amor de Dios se comporta como esta mujer, pero no es abandonada por el Esposo fiel, es decir por Jesucristo. Esta mujer se convertirá en mensajera del Mesías, está invitada a una nueva vida, ha bebido del «agua viva», ha conocido el don de Dios y comienza a adorarlo en «espíritu y en verdad».

​San Pablo, en la segunda lectura, nos habla de la «esperanza que no defrauda», la que nos ha concedido Dios en Jesucristo. Efectivamente la salvación consiste en que a pesar de nuestros pecados y debilidades Cristo murió por nosotros, dándonos la prueba más grande de amor. Redoblemos en esta Cuaresma la apuesta por la Esperanza, afianzados en ella confiemos en el poder transformador de la gracia e imitemos la generosidad y amor de nuestro Salvador.

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