“Preparen el camino del Señor»
En esta segunda semana de Adviento contemplamos la figura de Juan Bautista, el último de los profetas que anunció la llegada inminente del Mesías. Juan es un hombre «signo», su vida solitaria, la pobreza de sus vestidos, la austeridad de su alimentación y la firmeza de su palabra, hacen de él «el varón más grande nacido de mujer», como dijo de su persona el mismo Jesús. La misión de Juan es la de «preparar» el camino interior de los corazones para lograr una mejor acogida de la salvación que nos trae Dios. A él le toca «allanar los senderos», o dicho de otra manera, invitar a una sincera conversión o cambio de actitud. La conversión es fundamental para vivir el Adviento, debemos examinar nuestras actitudes de fondo, aquellas que determinan nuestro obrar y que muchas veces se encuentran lejos del Espíritu del Señor.
Precisamente la primera lectura del profeta Isaías nos habla del Espíritu que acompañará al Mesías: «Sobre él reposará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de temor del Señor -y lo inspirará el temor del Señor-.» Estos dones son un regalo para todos los creyentes y estamos invitados a pedirlos con constancia. Isaías hace una descripción de los tiempos mesiánicos, de aquél Reino que ha de venir al mundo para pacificar a los hombres entre sí y con la naturaleza. La imagen del niño que mete la mano en la cueva de la serpiente es una descripción elocuente de la reconciliación que nos traerá el Mesías, en el Niño nacido en Belén contemplamos todo el amor y la paz de Dios, toda la esperanza de la humanidad que grita: «Ven a salvarnos, no tardes más».
San Pablo nos invita, en la segunda lectura, a mantener «viva la esperanza» mediante la meditación de las Sagradas Escrituras, ellas dan al creyente constancia y consuelo, en medios de las pruebas de esta vida. Junto con la meditación Pablo nos llama a ser «acogedores» y «serviciales» unos con otros. No podemos estar esperando la Navidad si no intentamos hacer un espacio interior a nuestros hermanos, la Navidad es precisamente esto: dejarle lugar a Dios en nuestras vidas, sólo así tendremos lugar para recibir a nuestro prójimo, con todos sus problemas y necesidades, con sus luces y sus sombras, con sus éxitos y fracasos, de la misma manera como Dios nos recibe y nos ama a cada uno de nosotros.

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