«Doy testimonio de que él es el Hijo de Dios».

​Juan Bautista, el último de los profetas en Israel, no duda en señalar a Jesús como el «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo»; ha visto descender sobre él al Espíritu Santo en forma de paloma, y Dios Padre revela que Jesús es su Hijo muy querido. La Santísima Trinidad obra la salvación del mundo y Juan Bautista es el primer testigo de esta acción salvadora de Dios.

 Estamos a los comienzos de la predicación pública de Jesús, y llama la atención la manera silenciosa de manifestarse al mundo.

Como ocurrió en Belén, cuando nació, lo mismo ahora, en el río Jordán, Jesús se presenta de una manera desapercibida, sumándose a la hilera de pecadores que iban a bautizarse por Juan. Dios no es proclive de grandes espectáculos y hechos maravillosos para revelar su presencia, al contrario, cuanto más se esconde más se revela.

​El profeta Isaías, en la primera lectura, se siente llamado desde el seno materno a cumplir una misión: llegar a ser luz de las naciones y que llegue la salvación a los confines de la tierra. Evidentemente esta profecía llegará a cumplirse plenamente en la persona de Jesús. Isaías reconoce que es valioso a los ojos de Dios y esta es una gran verdad: para Dios valemos mucho, tanto que una gota de la Sangre de Cristo ha tocado nuestra existencia.

 El precio de nuestras vidas es la redención de Jesucristo, su entrega, su muerte y su resurrección. No podemos pagar esta deuda sino con la entrega y generosidad constante en el servicio a los demás.

Reconocernos valiosos a los ojos de Dios hace que respetemos la vida en todas sus dimensiones, no podemos disponer a nuestro arbitrio un don de Dios tan valioso como es la vida. Cada vez que el hombre se erige como dueño de la vida de los demás asume un derecho reservado exclusivamente a Dios, el respeto por la vida es respeto a Dios, y por el contrario, la mentalidad anti-vida y las acciones consecuentes son rechazo del señorío de Dios en las leyes naturales de la vida humana.

​Finalmente San Pablo, en la segunda lectura, escribe a la comunidad de Corintio deseándoles que la «gracia y la paz» de Dios llegue a todos los fieles. La Gracia es fundamental para nuestra vida cristiana, es un regalo inmenso de Dios, sin ella es imposible vivir como nos enseñó Jesús: pedir la gracia, confiar en ella, abrirnos a su acción, no interponer barreras, ser dóciles, son, entre muchas otras, disposiciones de nuestra existencia cristiana.

La gracia de Dios siempre va acompañada de la paz, esa sensación profunda del corazón que proviene de Dios y nos hace entrar en armonía con nuestros semejantes. Pidamos a María, la «llena de gracia» que nos conceda la paz que proviene de Dios y nos animemos a trabajar en este mundo tan necesitado de ella.

Mons. Ernesto Giobando s.j.

Obispo| Diócesis de Mar del Plata

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