En esta Misa Crismal renovamos nuestras promesas sacerdotales y bendeciremos los óleos que se utilizarán en los sacramentos. Leyendo el Documento Final de la Asamblea Diocesana, que hemos vivido como una gracia y soplo del Espíritu, quiero compartir estas reflexiones en torno a nuestro ministerio como orden sagrado. Somos pastores, sacerdotes, servidores del Pueblo de Dios. Lo que vivieron aquellos hombres elegidos por Jesús es lo que estamos llamados a renovar en este día. Renovamos la elección: “No son ustedes los me eligieron a mí, sino que yo los elegí a ustedes” (Jn 15,16). Renovamos nuestra consagración: “Hagan esto en memoria mía” (Mt 24,36). Renovamos, también el ministerio de la reconciliación: “Los pecados serán perdonados a quienes ustedes se los perdonen” (Jn 20,23). Somos pecadores y el Señor nos elige, nos perdona, nos consagra y nos envía. Participamos de su unción: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción”, dice Jesús en el Evangelio de hoy, leyendo en la sinagoga de Nazaret, al profeta Isaías (Lc 4, 18). Somos consagrados por el Santo Crisma uniéndonos a Cristo “sacerdote, profeta y rey”, en el triple ministerio de santificar, enseñar y pastorear al Santo Pueblo de Dios. Los diáconos, los sacerdotes y los obispos somos simples hombres “sacados de detrás del rebaño” (2Sam 7,8). No somos superhombres, no tenemos otro poder que el de servir, ni otra paga que un denario, que se multiplica por la gratitud y el cariño del Pueblo de Dios. No podemos hacer todo, ni todo depende de nosotros. Podemos hacer aquello que Dios nos confía, en la porción del territorio (y a veces más lejos) que la Iglesia nos encomienda. Caminando juntos, haciendo procesos más que eventos. Se trata de confianza y esa confianza se gana con presencia, con sencillez, con buen humor, llorando cuando hay que llorar y riendo cuando hay que reír. Lo que la gente, mejor dicho, ustedes, feligreses, necesitan es la cercanía de nuestras personas y ministerio, recordando aquellas cuatro cercanías que nos invitaba a tener el Papa Francisco: cercanía con Dios, cercanía al Obispo, cercanía con los demás sacerdotes y cercanía al Pueblo de Dios (Papa Francisco, Simposio para una teología fundamental del sacerdocio, 17 de febrero de 2022). En realidad, todo se juega en la cercanía y todo se diluye en la distancia y ausencia. Cercanía bautizando a un niño, a una niña, a un adulto, ungiendo con el Óleo de los Catecúmenos y el Santo Crisma. Cercanía en la Primera Comunión, dando y recibiendo el Alimento de la Vida Eterna. Cercanía en el altar bendiciendo a los novios que desean formar una familia cristiana. Cercanía en la sala de un hospital ungiendo con el Óleo de los Enfermos y consolando a las familias. Cercanía en la despedida final de los que parten a la Casa del Padre. Cercanía en las calles y en las plazas, allí donde está la gente, atendiendo con paciencia y mansedumbre las necesidades, los reclamos, los secretos, las angustias y las alegrías de nuestra comunidad. Nos duele cuando alguien se va escandalizado, enojado, herido. Como buenos pastores hay que salir, dejar las noventa y nueve ovejas en el redil y buscar a la perdida, lejana o indiferente. Una Iglesia en salida requiere pastores callejeros y embarrados. Nos duele en el alma cuando nuestro pueblo nos comparte que no tiene trabajo, ni llegan a fin de mes, que cerraron las fábricas, los talleres, los negocios, que estamos solos porque papá y mamá no están, o que tienen a los hijos en los penales de Batán o consumidos por la droga, sin techo, ni cobijo, descartados. Somos curas “atravesados” por estos dramas, no nos quedamos indiferentes, ponemos el cuerpo, las manos y el corazón en lo que hacemos, no balconeamos la vida. Rezamos todos los días porque nos sentimos enviados “a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor… a consolar a todos los que están de duelo, a cambiar su ceniza por una corona, su ropa de luto por el óleo de la alegría, y su abatimiento por un canto de alabanza” (Is 61,1-3). Y qué alegría cuando nos comparten que se recibió la nena, consiguió trabajo el hijo. Qué gozo sentarnos a la mesa de tantas familias que nos hacen sentir parte y no nos dejan solos. Contemplo los abrazos que ustedes, queridos fieles, nos dan a los curas, una muestra de cariño y cercanía, como diciéndonos “¡Aquí estamos! No aflojés, te queremos”. Queremos ser curas para ustedes, jóvenes. A veces nos dan vuelta la cabeza con sus ideas y planteos, para eso son jóvenes y nosotros sus pastores. Gracias queridos jóvenes por exigirnos, por hacernos salir de nuestras zonas seguras y caminar juntos por la vida. Gracias por confiarnos sus secretos, sus pecados, sus sueños, y también sus dramas. Muchos de nosotros fuimos jóvenes y tuvimos muy buenos sacerdotes y obispos que fueron y son maestros, padres, hermanos y amigos. Pidamos la gracia, como nos invita el Papa León XIV, de vivir “un ministerio gozoso y apasionado –a pesar de todas las debilidades humanas- que pueda asumir con ardor la tarea de evangelizar todas las dimensiones de nuestra sociedad, en particular la cultura, la economía y la política, para que todo sea recapitulado en Cristo” (Papa León XIV, Carta Apostólica “Una fidelidad que genera futuro”, Roma 22 diciembre 2025). Hoy elevamos juntos nuestros corazones al cielo y agradecemos por nuestros Obispos que nos precedieron, de ellos la mayoría de ustedes sacerdotes y diáconos han recibido el sacramento del Orden Sagrado. Damos gracias por nuestros sacerdotes que son otros Cristos, por nuestros Diáconos y los que se están preparando, servidores y testigos. Por nuestros seminaristas que van formando sus corazones en Jesucristo sacerdote. Y gracias a ustedes, queridos fieles de nuestra Diócesis de Mar del Plata, porque han sabido darnos un lugar en sus corazones y comunidades. No dejen de rezar por nosotros. Que la Virgen María y el Beato Eduardo Cardenal Pironio nos ayuden a ser testigos de la comunión, dando lugar a todos y comprometidos en la misión, y a seguir caminando juntos, poniendo a Cristo siempre en el centro. Que así sea. Amén.










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