El P. Justino Fernández hace memoria de Mons. Enrique Rau en el 50º aniversario de su pascua que se celebrará el próximo 20 de agosto con una Misa del Obispo en la Catedral.

Dice el P Justino Fernández: Al acercarse la fecha del 50º aniversario de la muerte de nuestro primer obispo Mons. Enrique Rau, vienen a mi memoria mis primeros años en el ministerio sacerdotal, vividos muy cerca de él, que me permitieron vislumbrar su “alma grande” de pastor, sus profundos amores: la Iglesia-Pueblo de Dios; María, como Madre y modelo de la Iglesia; y la Eucaristía, como “centro y culmen” de toda la vida cristiana eclesial. En 1966 lo acompañé como diácono, él personalmente me orientó en la preparación de mi última materia de teología (eclesiología) y me hizo descubrir y vivir la inmensa riqueza de la “Lumen Gentium” conciliar, pero no en teoría, sino en su “pastoral” de todos los días en nuestra joven Diócesis.

Les comparto algunos ejemplos de esa fecunda experiencia:

1. La reforma interior de la catedral, para acercar la mesa del altar al pueblo y resaltar su centralidad en el culto cristiano, facilitando la participación activa de todo el pueblo “sacerdotal” en la memoria del Señor. El “altar de la Eucaristía” – en la nave lateral derecha – quiso ser un “catecismo en piedra” de la Iglesia conciliar: estilo “moderno” expresando la renovada juventud del Cuerpo visible de Cristo que es la Iglesia. El sagrario, presencia viviente y acompañante del Jesús pascual con su pueblo peregrino. Y María, “sagrario vivo” del Verbo en su encarnación, y Madre y modelo de la Iglesia en su peregrinar hacia el Padre (capítulo 8º de la “Lumen Gentium”).

2. La reforma litúrgica. Mons. Rau integró el “Consilium” formado por Pablo VI para aplicarla en todo el mundo; y también presidió la 1ª comisión episcopal en nuestro país. Desde el seminario fui testigo de su entusiasmo lúcido y comprometido para lograrla. Las traducciones de los libros litúrgicos a nuestra lengua y su “lucha por el ustedes”, lamentablemente perdida en aquellos años. Las letras de los “nuevos cantos” para la participación activa de los fieles (“Recibe, oh Dios” y tantos otros del “Gloria al Señor”), letras de profundo y a la vez que sencillo, contenido teológico.

3. Para Mons. Rau la Liturgia no era “rito”, sino vida de y para el Pueblo de Dios; por eso fue el primero en concretar en el país la propuesta renovadora del Concilio en un directorio de pastoral litúrgica (1968) que abarcaba toda la vida pastoral. Que fruto de largas, y a veces hasta acaloradas, reuniones del clero, en las recientemente creadas “zonas pastorales” y en Asambleas de varios días de estudio y diálogo, a veces, hasta altas horas de la noche (hoy hablaríamos de “Iglesia sinodal”).

Promovió, también, una profunda, y yo diría “revolucionaria”, renovación catequística. Se habla de catequesis de iniciación a la vida cristiana (no “para la 1º comunión”). Iniciación progresiva que abarca todas las etapas de la vida. Catequesis bíblico-litúrgica (no de “preguntas y respuestas”) con participación activa de las FAMILIAS.

Fui testigo, en sus últimos años, de su compromiso profundo con la Verdad y la Justicia, con la formación y la promoción del laicado, su preocupación por lograr la presencia “evangelizadora y servidora” de la Iglesia en los barrios periféricos.