Con una Misa celebrada en la Catedral, el obispo Ernesto Giobando conmemoró el 12º aniversario de su ordenación episcopal, e invitó a la comunidad a renovar la fe desde el servicio y la confianza en Cristo.

Al iniciar la homilía, propuso contemplar el signo del cirio encendido, señalando que “es una invitación a irnos consumiendo, dando luz”, y que así la vida cristiana está llamada a ser testimonio. En ese horizonte, recordó que el tiempo pascual es una oportunidad para “entrar en una profunda comunión con Cristo Jesús a través de la oración y los sacramentos, principalmente la Eucaristía”.

A partir de la primera lectura, subrayó la dimensión del servicio en la Iglesia, evocando la elección de los diáconos, y explicó que tanto el diaconado como el episcopado nacen de una llamada: “no es que haya un libro donde uno se anota para ser obispo, sino que un día te llaman y te eligen para servir”. En ese marco, dejó entrever su propia experiencia, al recordar que “estaba en Montevideo hacía siete meses enviado por la Compañía de Jesús, pero tuve que volver por este ministerio”. Y reconoció que, aun después de doce años, “sigue volviendo esa pregunta: ‘¿por qué el Señor me eligió?’”.

Seguidamente afirmó que “es una profunda gracia poder acompañarlos” y que “no lo digo por falsa humildad, pero la verdad es que no somos dignos”, a la vez que aseveró que “el servicio se realiza en medio de un pueblo que, como recuerda la carta de san Pedro, es “pueblo santo, nación elegida”.

Retomando el Evangelio, puso el acento en las palabras de Jesús en la Última Cena, cuando invita a confiar: “no se inquieten. Crean en Dios, crean también en mí”. Advirtió que la inquietud “va ganando, como un virus, la paz del corazón”, y llamó a recuperar el sosiego, una paz que “no es la paz de los no conflictos”, sino la que se vive “en medio de los conflictos”.

En clave de esperanza, recordó la promesa del Señor: “el Señor nos está preparando un lugar y vendrá a buscarnos: tenemos una habitación en el cielo”, imagen que “sostiene la confianza y orienta el camino cristiano.”

Finalmente, centró su reflexión en las palabras de Jesús: “yo soy el camino, la verdad y la vida”, que describió como “las perlas preciosas del Evangelio”, e invitó a dejarse alcanzar por la verdad en medio de “medias verdades, mentiras, eslóganes e ideologías”, para así vivir la vida en abundancia que Dios ofrece.

La celebración concluyó con una referencia a Nuestra Señora de Luján, pidiendo su intercesión para seguir caminando como Iglesia tras las huellas de Cristo y experimentar “la dulzura, la hermosura y la profundidad” de su presencia.