“La moneda perdida”. Texto: Lc 15, 8-10
“Supongamos que una mujer tiene diez monedas de plata y pierde una. ¿No enciende una lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: “Alégrense conmigo; ya encontré la moneda que se me había perdido”. Les digo que así mismo se alegran los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente”.
Iniciamos los festejos de este 9 de julio en nuestra Catedral para dar gracias a Dios por este nuevo aniversario de la Independencia de nuestra patria. En este día hace 210 años se reunían en el Congreso de Tucumán los delegados de las Provincias Unidas para declarar una nación libre e independendiente.
Quisiera detenerme en estos tres términos fundamentales de aquella jornada histórica.
Provincias Unidas, haciendo referencia a la representatividad de las Provincias de Sud América. No era solamente un clamor del Río de la Plata, sino de todo un continente que quería gobernarse por sus propios medios, no dependiendo de ninguna dominación extranjera. El principio de unidad era lo más importante y se iba gestando en el universo colectivo la imagen de una Patria Grande, por la cual valía la pena dar la vida si fuera necesario. Esa Patria Grande, defendida por nuestros ejércitos y por la sociedad civil, incluía a todos los pueblos, los nativos y los que venían de otras naciones. De hecho, el Acta de la Independencia fue redactada en español y se hicieron cientos de copias en quechua y aimara, mostrando así un camino recorrido de inclusión y fusión cultural que caracterizaron aquellos años.
Nos decía el Papa Francisco en Evangelii gaudium (226-228):
“El conflicto no puede ser ignorado o disimulado. Ha de ser asumido. Pero si quedamos atrapados en él, perdemos perspectivas, los horizontes se limitan y la realidad misma queda fragmentada. Cuando nos detenemos en la coyuntura conflictiva, perdemos el sentido de la unidad profunda de la realidad.
Ante el conflicto, algunos simplemente lo miran y siguen adelante como si nada pasara, se lavan las manos para poder continuar con su vida. Otros entran de tal manera en el conflicto que quedan prisioneros, pierden horizontes, proyectan en las instituciones las propias confusiones e insatisfacciones y así la unidad se vuelve imposible. Pero hay una tercera manera, la más adecuada, de situarse ante el conflicto. Es aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso. «¡Felices los que trabajan por la paz!» (Mt 5,9).
De este modo, se hace posible desarrollar una comunión en las diferencias, que sólo pueden facilitar esas grandes personas que se animan a ir más allá de la superficie conflictiva y miran a los demás en su dignidad más profunda. Por eso hace falta postular un principio que es indispensable para construir la amistad social: la unidad es superior al conflicto. La solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierte así en un modo de hacer la historia, en un ámbito viviente donde los conflictos, las tensiones y los opuestos pueden alcanzar una unidad pluriforme que engendra nueva vida. No es apostar por un sincretismo ni por la absorción de uno en el otro, sino por la resolución en un plano superior que conserva en sí las virtualidades valiosas de las polaridades en pugna”.
Estas reflexiones iluminan el presente que hoy vivimos. Una de las pocas realidades que nos une por encima de los conflictos es la selección nacional de fútbol, más allá de todas las diferencias sociales, políticas y religiosas: todos somos Argentina cuando juega la Selección y cantamos el himno con la pasión y el coraje que seguramente cantaban nuestros padres y madres de la patria.
La pregunta que nos hacemos es ¿y después del mundial? ¿No habrá más épica, ni lágrimas, ni gritos que nos dejan roncos? Tenemos un equipo que nos representa. El Acta de la Independencia dice: “Nos, los representantes de las Provincias”, ¿es realmente así hoy? Como dirigentes ¿representamos a quienes se nos confían? Creemos que sí, pero hay mucho camino para andar y animarnos a una profunda conversión.
Ante la crisis de representatividad que es evidente y se transforma en un reclamo de la sociedad, debemos poner todos nuestros esfuerzos para que en las instituciones públicas y privadas, en las asociaciones civiles y del estado, en las fuerzas armadas y de seguridad, en los poderes constitucionales, en las Iglesias, en las escuelas, colegios y universidades, en los sindicatos y cooperativas, en fin en todos los ámbitos donde los argentinos y argentinas queremos desarrollar nuestra vida social y civil, se deben ejercer los otros dos principios: libertad e independencia.
Una libertad que tiene como fundamento la dignidad humana, como lo desarrolla la Encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV, que les recomiendo leer por su actualidad.
Una independencia que no es cada cual se las arregle como puede, sino independencia de aquellos factores o fuerzas que quieren someter lo mejor de una nación a poderes foráneos concentrados y anónimos que generan dependencia, desmoronamiento social y gravísimas consecuencias en todos los niveles, como son, entre otros,el narcotráfico, la trata de personas, el tráfico de armas y el trabajo esclavo en todas sus formas.
El Acta original de la declaración de la Independencia se perdió o la robaron, es un enigma de la historia. Se hicieron copias del original, diríamos hoy “fotocopias”. Los invito a buscar en nosotros mismos y en la sociedad que vivimos esa moneda perdida de la parábola, la mujer quiere las diez, no se contenta con las nueve. El 10 es un número simbólico, vaya que lo es en este contexto mundialista. Busquemos la moneda perdida, demos vuelta la casa, en algún lugar está, allí en el fondo de nuestras conciencias. No vivamos con modelos prestados, besar la bandera no solamente en un Mundial de fútbol, si no todos los días, con el compromiso de honrar este suelo “de diez”. Pongámonos la camiseta.
Porque en esta tierra bendecida por Dios se encuentra esa moneda que nos está haciendo falta para constituir de verdad una nación unida, libre e independiente.
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