El obispo emérito de Mar del Plata, Mons. Antonio Marino celebró esta tarde su 50º aniversario de ordenación sacerdotal en una Misa en la Catedral de Mar del Plata, acompañado del padre obispo Gabriel Mestre, Mons. Darío Rubén Quintana, obispo auxiliar; sacerdotes, diáconos, consagrados, consagradas, feligresía de esta catedral, amigos de esta diócesis y sus familiares.

Homilía de Mons. Marino

Recordando el Salmo 138,1, “Te doy gracias, Señor, de todo corazón”, Mons Marino hizo un repaso de su vida sacerdotal en una homilía muy sentida y profunda.

  1. El sacerdocio y los advientos del Señor

El quincuagésimo aniversario de mi ordenación sacerdotal me brinda la oportunidad de estar nuevamente entre ustedes, celebrando mi jubileo y presidiendo esta Eucaristía. Agradezco a Mons. Mestre, mi sucesor en esta sede, y ahora querido hermano en el episcopado, por la afectuosa y fraternal iniciativa de su invitación.

Lo mismo que hace cincuenta años, este aniversario cae en día sábado, y en las primeras vísperas del Adviento. Entre el Adviento del Señor, precedido por la paciente espera de los siglos, y la misión de toda la Iglesia, existe un vínculo estrecho, puesto que la Iglesia tiene como finalidad preparar la venida del Señor, mostrando a los hombres la meta final de la historia y el destino de eternidad que nos aguarda.

La liturgia del Adviento en sus prefacios, oraciones y lecturas nos enseña a distinguir diversas venidas o advientos de Cristo. Oímos hablar de un adviento histórico, vaticinado y alentado por los profetas de Israel, y que se cumplió cuando el Hijo eterno de Dios vino en la humildad de nuestra carne para abrirnos el camino de la salvación. Y también se nos habla de un adviento escatológico, o segunda venida en gloria y majestad, en la culminación de la historia; venida que Cristo anuncia en el evangelio de hoy, abriendo paso al “cielo nuevo y la tierra nueva” (Apoc 21,1). Pero en medio de uno y de otro, mencionamos el adviento espiritual, adviento cotidiano que debemos descubrir con los ojos de la fe, porque Jesús está viniendo en los acontecimientos ordinarios y extraordinarios de la historia y de nuestra vida personal y familiar, y nos sigue exhortando a la vigilancia, a la sobriedad, a la oración incesante, como también oímos en el evangelio de esta Misa.

La misión de la Iglesia es prolongación de la misión de la Santísima Virgen María, quien nos trajo al Salvador del mundo. Lo mismo que Ella, la Iglesia, fecundada por la presencia del Espíritu Santo prometido, tiene la misión de ponerse totalmente al servicio de la encarnación redentora, para hacer posible que Jesús, alegría del mundo, siga naciendo en los corazones de los fieles.

Por esto mismo, con honda intuición una gran carmelita, Santa Isabel de la Trinidad, decía en una carta a un seminarista: “me entusiasma este pensamiento:la vida del sacerdote (y de la carmelita) es un Adviento que prepara la Encarnación en las almas” (Carta 231).

Las palabras proféticas, que emplea el Señor para hablar de su venida final, están llenas de símbolos, tomados de los fenómenos naturales y de las catástrofes que más temor infunden a los hombres (cf. Lc 21,25s). Jesús distingue entre estos fenómenos aterradores y su venida en gloria. Los primeros son señales de alerta, avisos previos de su parusía, signos que los hombres no saben interpretar en su sentido profundo. Él invita a no quedar paralizados por el miedo y a “no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre nosotros” (21,34). Y también invita a la alegría de la esperanza que supera al miedo: “Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación” (21,28).

Este anhelo de la venida del Señor y de su Reino era característico de la Iglesia primitiva y quedó incorporado en la celebración eucarística, donde después de la consagración anunciamos la muerte del Señor y proclamamos su resurrección, hasta que Él vuelva. También después del Padrenuestro recordamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.

2. Las lecciones de camino recorrido

En esta fecha que trae para mí tan intensas resonancias, y rodeado por la caridad de esta Iglesia de Mar del Plata, que sigue estando en mi corazón de obispo emérito, deseo compartir con ustedes solo algunas de las lecciones aprendidas a lo largo de estos cincuenta años. Unas pocas reflexiones que sean de mi parte como desahogo de un corazón lleno de gratitud, y para ustedes redunden en provecho espiritual.

Hablar de cincuenta años de vida sacerdotal, significa mencionar un número muy grande de años, todos ellos unificados por un mismo ideal que los llenó de sentido. Cuando los esposos celebran cincuenta años de vida matrimonial, hablan de bodas de oro. Pero la expresión se aplica también como metáfora al vínculo de todo hombre con una actividad determinada, sobre todo si ésta ha implicado una dedicación convencida, una entrega animada por el amor.

Y de esto se trata, por excelencia, en una vocación sacerdotal. A lo largo del tiempo en estos cincuenta años, día tras día, año tras año, como sacerdote primero y como obispo después, tuve el oficio de representar a Cristo cabeza y esposo de la Iglesia. Y por tanto, mi servicio debió ser un oficio de amor. Éste es el lema con que he procurado servir a la Iglesia y que -inspirado en San Agustín- quise explicitar en mi ordenación episcopal: Amoris officium, “Oficio de amor”.Porque un sacerdote debe generar esponsalidad. Trabaja para que la comunidad que le confiaron corresponda al inmenso amor de Cristo con el amor de una esposa siempre fiel. A semejanza de San Pablo, debe estar en condiciones de poder decir lo mismo que él escribía en la segunda carta a los corintios: “Yo estoy celoso de ustedes con el celo de Dios, porque los he unido al único Esposo, Cristo, para presentarlos a él como una virgen pura” (2Cor 11,2).

Todo sacerdote que vive inmerso en la tarea pastoral, al mismo tiempo que enseña a interpretar los signos de Cristo que viene sin cesar, también aprende del contacto con el Pueblo de Dios, al acercarse a la vida de los hombres con sus  luchas y dolores, sus alegrías y esperanzas. ¡Cuántas veces en la pastoral ordinaria me encontré con el equivalente existencial de los signos apocalípticos mencionados por Jesús! El miedo y la angustia, la oscuridad y el oleaje de las adversidades personales y sociales, son parte inevitable del panorama cotidiano en la vida de un ministro de la Iglesia.

Desde los años en que era un joven seminarista he pedido al Señor la gracia de saber escuchar y consolar a las personas concretas que Dios en su Providencia iba a confiarme. Esta fue una luz recibida del inolvidable Mons. Pironio, rector del Seminario de Buenos Aires. Cuando todavía estábamos dando los primeros pasos en nuestra vocación, él nos enseñaba a orar por todos aquellos que Dios pondría en nuestro camino. En este servicio pude ver con frecuencia todo el bien que puede hacerse al escuchar y entender al que se siente como una mecha todavía humeante o una caña quebrada por la vida (cf. Is 42,3; Mt 12,20).

Es muy claro para mí que, al verme obligado a predicar y consolar a otros, me sentí también yo impulsado a ir siempre más a fondo en la comprensión del Evangelio que predicaba. Al cumplir esta misión se reciben luces nuevas porque las situaciones concretas son el campo donde el Espíritu Santo recuerda interiormente las palabras de Jesús y actualiza su sentido. No se trata de un ahondamiento solo intelectual, sino de un saber vinculado con los misterios que administramos. El contacto vital con las fuentes de la gracia y la experiencia que se adquiere por el trato con las almas, otorgan una sabiduría que también se nutre del libro que es la vida.

Aprendí que lo mejor que tiene la Iglesia no siempre brilla desde el candelero, sino que arde en forma oculta a nuestros ojos pero que está patente a los ojos de Dios. Hombres y mujeres de distintas edades y de variadas formas de presencia en el tejido social, exhalan el grato incienso que agrada a Dios con el discreto testimonio de sus vidas. Son aquellos que son capaces de perseverar en medio de increíbles pruebas, cuando las buenas noticias no abundan. Los que creen sin ver (Jn 20,29), los que, como Abraham, esperan contra toda esperanza (Rom 4,18), y saben amar con un heroísmo cotidiano (cf. Rom 8,35-39) que solo Dios conoce.

Pude también contemplar las maravillas de la gracia divina ante situaciones que exigían heroísmo sin rebajar las exigencias del Evangelio. Hombres y mujeres capaces de sacrificar gustos y ventajas humanas con tal de no perder la “perla de gran valor”, o el “tesoro escondido en un campo” (cf. Mt 13,44ss).

  •  “Te doy gracias, Señor, de todo corazón”

Podría seguir largamente, pero ya es momento de dar gracias a Dios por la vida que me hizo vivir, y por los caminos por donde me hizo transitar. Algunas veces caminos de vértigo, como quien se encuentra en una cornisa, al filo del abismo. Otras veces, en un túnel oscuro, con apenas la luz suficiente para el siguiente paso. Pero también por senderos de mucha paz y alegría interior, sintiendo que nada me faltaba, guiado por el Buen Pastor hacia el descanso de verdes praderas y aguas tranquilas (cf. Sal 22,1s).

Para un sacerdote la celebración de este aniversario tan significativo, no puede ser otra cosa que pura alabanza de Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote. Hago mías las palabras de San Pablo: “Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús, el Señor, y nosotros no somos más que servidores de ustedes por amor de Jesús” (2Cor 4,5). Está en juego la gloria del Señor antes que la del siervo. Se festeja al gran Rey antes que al borrico con el cual entró en Jerusalén. Es fiesta de aquel sin el cual nada podemos hacer (Jn 15,5), y no alabanza del pobre instrumento humano. Celebramos al tesoro inapreciable que quiso derramarse en una frágil vasija de barro, como decía el Apóstol, “para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios” (2 Cor 4,7).

El amor a la Virgen María me acompaña desde siempre. Lo aprendí primero en mi casa y luego se ahondó en la parroquia de Ntra. Sra. de Balvanera donde me formé, gracias a Mons. Carreras, apóstol entusiasta, verdadero modelo de pastores y guía de mi vocación. La Virgen María ha sido el regazo materno donde se refugió mi vida en mi largo itinerario hacia Cristo. Ella es también el espejo donde toda la Iglesia se mira para descubrir su verdadera identidad y el rostro de la belleza inmaculada con que Dios quiso dotarla.

De María y de la Iglesia quiero decir las palabras que el Salmo 136 aplica a la ciudad santa de Jerusalén: “que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti, si no te pongo en la cumbre de mis alegrías” (5). La Iglesia ha sido mi casa y mi familia, mi madre y mi maestra. A ella le debo todo bien. Por la gracia del sacerdocio y del episcopado, también la amo con el amor esponsal del mismo Cristo.

Esta diócesis marplatense, con sus rostros e instituciones, ha quedado para siempre en mi corazón, en mi recuerdo y oración cotidiana. No puedo extenderme como quisiera para expresar gratitud a cuantos fueron mi familia pastoral y espiritual, mis queridos colaboradores.

Debo concluir, y lo hago leyendo estas palabras escritas por mí hace cincuenta años, durante el retiro espiritual previo a mi ordenación sacerdotal: “Tú conoces mi debilidad, yo conozco tu misericordia. Que la hora de mi muerte sea la plenitud y consumación de mi sacerdocio, al participar de la tuya, la Hora sacerdotal por excelencia”.

Mons. Antonio Marino
Obispo emérito de Mar del Plata